¡Tú eres mi Hijo…!

lunes, enero 7th, 2013

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

Bautismo del Señor, T.O. Ciclo C

“…Y se oyó una voz que venía del cielo:  ¡Tú eres mi Hijo!” (Lc.3,22) Cualquiera de nosotros, escuchando esta expresión, comprendemos que quien habla es un padre.  Y dicha con fuerza manifiesta no sólo la afirmación de una paternidad biológica sino todo un contenido de reconocimientos, responsabilidades y relaciones paterno-filiales, en este caso asumidas y proclamadas por el padre.

Jesús había escuchado a Juan el Bautista, que anunciaba la llegada del Reino de Dios y pedía una conversión: “Preparad el camino al Señor, allanad los senderos…” (Lc, 3,4) Juan bautizaba en el Jordán a los que estaban dispuestos a cambiar sus vidas porque esperaban y veían urgente una manifestación de Dios. Las cosas no iban bien, especialmente para los más pobres -que eran la mayoría- y estaban  injustamente tratados por los que detectaban el poder económico y religioso.  Jesús compartía esa esperanza y se unió a los que se disponían a ser bautizados por Juan, como signo de su voluntad de “enderezar lo torcido y de allanar lo escabroso” para facilitar la llegada del Reino que ya había anunciado el Profeta Isaías (Is 40,1-4).

Jesús, Hijo de Dios, que “se hizo uno de tantos y actuó como un hombre cualquiera” (Flp. 2,6-7) asume ante Juan, y junto a todos los que se bautizan, el compromiso de preparar el camino al Señor. Dice el Evangelio de Lucas que Jesús oraba al ser bautizado y fue entonces cuando se oyó la voz que venía del cielo:  “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Lc. 3,22).

Los que se bautizan preguntan a Juan: “¿Qué hemos de hacer?” Y Juan les señala varios gestos de cambio que supondrán unas mejores y más justas relaciones de unos con otros: compartir lo tuyo con el que menos tiene, no cometer abusos cuando prestes, no ser violentos, etc.  Jesús ha escuchado la voz del Padre y ante aquella manifestación de amor y complacencia siente la necesidad de reflexionar y orar para saber qué ha de hacer, cual ha de ser su respuesta.  “El Espíritu le conduce al desierto” dicen los evangelistas  y nos cuentan cómo se le fueron presentando diferentes caminos, a los que ellos llaman tentaciones: el poder, el tener, el éxito.  No, no eran esos los caminos que él debía emprender.  El Profeta Isaías, hablando del Siervo de Dios, figura del futuro Mesías, señalaba algunos de los rasgos de su misión: “…no gritará… no romperá la caña cascada ni apagará la mecha que se extingue…Te elijo para que abras los ojos a los ciegos, saques a los cautivos de la prisión…” (Is. 42,2-3;7)

Jesús, el Hijo amado, seguirá ese camino: desde su propia experiencia dará a conocer quién es y cómo es Dios: un Padre amoroso, Padre de todos, que quiere que sus hijos vivan como hermanos. La misión de Jesús es anunciar esa Buena Noticia y lo hará con su palabra y con sus obras.  Será el Hijo que vive pendiente de la voluntad de su Padre y la realiza con fidelidad y total confianza; el hermano de todos, que se preocupa sobre todo de los más pobres, enfermos y pecadores; el que denuncia las injusticias y proclama la fraternidad; el que atiende a los enfermos de espíritu porque los sanos no le necesitan; el que viene a salvar, no a condenar…

Ésta fue su predicación, ésta fue su misión, ésta es la misión que encargó a sus amigos y colaboradores –los apóstoles-, la misma que nos encarga a sus seguidores.

Celebrando el Bautismo de Jesús actualizamos nuestro propio Bautismo, por el que entramos a formar parte de la familia cristiana.  Es un día de agradecimiento porque se nos comunicó la Buena Noticia de nuestro ser de hijas/os amadas/os de Dios.   San Pablo nos lo recuerda: “No hemos recibido un espíritu de siervos para recaer en el temor. Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita: ¡Abba!  ¡Padre!” (Gal. 4,6-7)

 La Solemnidad del Bautismo de Jesús es otra Epifanía, semejante a la que celebrábamos el domingo pasado: es la manifestación de nuestro Dios, encarnado en la naturaleza humana.  Es uno de los nuestros”. Jesús es el Dios con nosotros”, más aún: es “el Dios en nosotros”. Es también un día de renovar nuestro compromiso con la misma misión de Jesús: si creemos y decimos que Dios es Padre de todos hemos de trabajar por hacer un mundo de hermanos.

Recemos al Señor con la oración que nos propone la liturgia de hoy:

Señor, Dios nuestro,
ya que tu Hijo se manifestó en la realidad de nuestra carne,
concédenos  poder transformarnos,
interiormente y en nuestras obras,
en la imagen del que hemos conocido
semejante a nosotros en su humanidad.  Amén

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