Un tiempo para la audacia

Un tiempo para la audacia

Domingo 1º de Cuaresma, Ciclo A

Por: Ma.Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Ciudad Real

Corren tiempos difíciles y complejos. El desencanto y la apatía proliferan. La crisis se va cobrando cada vez más víctimas. Compartimos sufrimos y protagonizamos un cambio de era. No son pocas las instituciones y las personas que están agotadas, no saben qué rumbo tomar y acumulan frustraciones y desánimo. Abunda la inercia, la mediocridad. Aumenta el miedo… y las tentaciones. 

En este contexto, la Palabra de Dios nos pone frente a las opciones que debemos tomar. Opciones en las que nos jugamos la vida. Y la Cuaresma se convierte en un tiempo privilegiado para la audacia en las decisiones. La audacia es la cualidad de las personas que abren caminos nuevos y los recorren; de las que proceden como quien cree que otro mundo u otra Iglesia están ya a las puertas y comienzan a trabajar para que sean realidad. Es la cualidad propia de quienes hacen propuestas exigentes y generosas y reducen el campo de lo imposible empeñadas en transformar la realidad. Audacia es la cualidad de aquellas y aquellos que tienen firmeza interior para afrontar situaciones difíciles. Incluye una mezcla de celo, atrevimiento, perseverancia, tenacidad, capacidad para soportar un esfuerzo prolongado de paciencia y osadía…

Lo opuesto a la audacia es el temor, el miedo y la cobardía. El miedo paraliza, destruye y hace retroceder; disminuye y reduce la vida. La audacia mueve, dinamiza, multiplica, ayuda a avanzar y a crecer, aunque se corra el riesgo de la equivocación y del fracaso. La audacia es fuerza interna y movilizadora que pone vida y dinamismo en nuestras personas. Esta fuerza nos la da el Espíritu y por eso es don y se llama parresía, ya que es una mezcla de libertad y valentía; donde está el Espíritu hay vida nueva y contagiosa. La audacia invita a soñar, crear y actuar. Rescatar la audacia y ponerla en las manos, en la mente, en los pies y en el corazón de la persona creyente y de mí misma puede ser el ayuno, oración y penitencia para esta Cuaresma 2014.

La audacia supone una honda experiencia de Dios, un serio discernimiento para tomar conciencia de que es el Espíritu quien nos empuja a días de desierto. La audacia lleva a adorar sólo a Dios, a no doblegarse ante nada ni ante nadie. Desde ahí brota la motivación para reproducir con valor la audacia de Jesús en nuestra realidad concreta. Las personas audaces están llamadas a perseverar en el camino a pesar de las dificultades que marcan la vida cotidiana y a abrir nuevas brechas. La audacia es también invitación a avanzar mar adentro: “No se descubren nuevas tierras sin consentir en perder de vista la orilla durante mucho tiempo”.

Existe audacia en la Iglesia y en el mundo pero, a veces, nos cuesta verla. Cuesta identificar las huellas de los empeños nuevos y darles nombre, admirarlos y llamar a sus protagonistas “audaces”. Pero no hay duda de que existe un ansia por lo mejor, por la realización de lo bueno, de vivir para la entrega, de jugarse el tipo, de un esfuerzo porque no mueran los grandes ideales y se hagan realidad. Por la acción del Espíritu audacia ha habido, hay y habrá en la Iglesia y en la sociedad. La utopía y la novedad no han abandonado a la Iglesia porque las porta en sus genes. Brotó del costado del Resucitado. Los pobres y sencillos intentan revelar estas cosas a las mujeres y los hombres que tienen capacidad de verlas y quieran profesar audacia al vivir su fe; y muchas veces lo consiguen.

La Eucaristía celebra la audacia de Jesús. El misterio proclamado, celebrado y vivido suscita audacia. Es audaz invitarnos a comer su cuerpo y a beber su sangre y ponerlo como condición para tener vida abundante. Ser creyente es ser audaz, es apostar la vida a una sola carta, la del Reino de Dios.

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