“Vida” en el Antiguo Testamento

“Vida” en el Antiguo Testamento

Hayyîm: vida

 

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

En el AT “vida” aparece bajo la forma de un plural hayyîm. Este plural no indica una pluralidad, sino la intensidad particular que posee la vida. Una perfección y una plenitud que es fácil observar por el empleo del verbo “vivir” en los textos, de ahí que no se pueda hablar de vida cuando se está enfermo, débil, sufriendo o desgraciado. Esta intensidad de la vida sobrepasa incluso la propia persona y alcanza a todo lo que le concierne y a todo lo que posee más allá de su cuerpo. Vivir, no es solamente disfrutar de buena salud, es también conocer la abundancia y la prosperidad. Para el AT la vida en la pobreza y miseria no es verdaderamente vida. La vida es sinónimo de felicidad y de paz.

En la Escritura “vida” contiene, en un principio, una profunda idea de unidad del ser viviente. El ser humano es un todo, perfectamente uno. Su cuerpo y su espíritu, su respiración y su alma están tan íntimamente asociados que cada una de las partes puede designar la totalidad. La vida forma una unidad que no se puede dividir.

El hayyîm bíblico no constituye un distintivo natural del ser humano, sino que es un don de Dios. El Dios viviente llama a la vida. Dios es la vida por excelencia. La Escritura denomina con frecuencia a Dios como el Dios viviente (Jos 3,10; Sal 42,3) por oposición a los dioses falsos que no son nada (Nm 14,28; Dt 5,26).

En el relato de la creación la vida aparece en las últimas etapas. Primero son los monstruos marinos y todo animal viviente (Gn 1,21); a su vez la tierra produce seres vivientes (Gn 1,24); al final Dios crea, a su imagen, el más perfecto de los vivientes, el ser humano. Y para asegurar a esta vida naciente su continuidad y crecimiento, Dios le ofrece su bendición (Gn 1,22.28).

La vida es don de Dios y, a su vez, Dios es fuente de vida. Esta no se alimenta principalmente de bienes de la tierra, sino de su unión con Yahveh. Yahveh es fuente de agua viva (Jr 2,13; 17,13), fuente de vida (Sal 36,10) y su amor vale más que la vida (Sal 63,4). Incluso se prefiere la felicidad de habitar toda la vida en su templo, donde un solo día en su presencia vale más que mil, a cualquier otro bien (Sal 84,11; Sal 65,5). Para los profetas la vida consiste en la búsqueda de Yahveh (Am 5,4; Os 6,1).

Dios, “que no se complace en la muerte de nadie” (Ez 18,32), no ha creado al ser humano para dejarlo morir sino para que viva (Sab 1,13;2,23). De esta manera le destinó al paraíso terrestre y le dio el árbol de la vida, cuyo fruto debía hacerle “vivir para siempre” (Gn 3,22). E, incluso después del pecado humano, Yahveh no lo abandona, sino que propone a su pueblo transitar por “las sendas de la vida” (Prov 2,19; Sal 16,11; Dt 30,15; Jr 21,8).

Estas “sendas de la vida” son las Leyes de Yahveh. Lo que da al ser humano la verdadera vida en totalidad es su actitud ante la Ley de Dios. El ser humano no vive sólo de pan, sino de todo lo que viene de la boca de Dios (Dt 8,3). Escuchar la palabra de Dios es vida; y una vida vivida en la desobediencia es, ante Dios, una vida condenada a la muerte. Por eso, el ser humano está constantemente confrontado a una elección (Dt 30,15-20;32,47;28,1-14). Vida y muerte se denominan obediencia o desobediencia a la voluntad de Dios. Quienes cumplan esa voluntad encontrarán la vida (Lv 18,5;Dt 4,1); colmarán el número de los días (Ex 23,26); hallarán la longevidad de la vida, la luz de los ojos y la paz (Ba 3,14). Estos caminos de Yahveh son los de la justicia y la justicia conduce a la vida (Prov 11,19), por eso, el justo vivirá por su fidelidad (Ha 2,19), mientras que los impíos serán borrados del Libro de la Vida (Cf Sal 69,20).

Durante mucho tiempo, en la esperanza de Israel, esta vida fue nada más que una vida en la tierra, pero, como esa tierra es don de Yahveh, la vida y los largos días que Dios le reserva al pueblo, si es fiel (Dt 4,40), representa una felicidad única en el mundo, superior a la de cualquier nación de la tierra (Dt 28,1).

No obstante, más que de una vida feliz en la tierra, es de la muerte de lo que Israel pecador tiene experiencia. Sin embargo, del seno mismo de la muerte, el pueblo descubre que Dios persiste en llamarlo a la vida. Desde el fondo del exilio Ezequiel proclama que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que lo llama a la conversión y a la vida (Ez 33,11). Ezequiel sabe que Israel es como un pueblo de cadáveres, pero anuncia que sobre sus huesos secos Dios insuflará su espíritu y revivirán (Ez 37, 11-14).

También desde el exilio el Segundo Isaías contempla al Siervo de Yahveh que ha sido arrancado de la tierra de los vivos por las rebeldías de su pueblo (Is 53,8), él ofrece su vida en sacrificio y más allá de la muerte ve una descendencia y ve prolongarse sus días (Is 53,10). Subsiste ya en estos textos una grieta en la asociación fatal pecado/muerte: se puede morir por los pecados y esperar algo de la vida, se puede morir por otra cosa diferente de los pecados y, muriendo, encontrar la vida.

En el Nuevo Testamento descubrimos que tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo para que tuviéramos vida (Jn 3,16). Jesús anuncia y da la vida (Jn 10,10). El es el pan de vida (Jn 6,35.48). El es la vida (Jn 14,6). Libremente, por amor al Padre y a los suyos, como el Buen Pastor, da su vida (Jn 10,11.15.17). Y esta vida la retoma de nuevo como espíritu vivificador (1Cor 15,45) y la ofrece a todos los que creen en El. Jesucristo, muerto y resucitado es el Príncipe de la vida (Hech 3,15). Quien tiene al Hijo, tiene la vida (1Jn 5,12).

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