Vida en plenitud

Vida en plenitud

10º Domingo, T.O. Ciclo C

Por: Maricarmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Madrid

Seguro que recordamos esas pastillas que comprábamos hace algún tiempo en las farmacias y que se llamaban “pastillas contra el dolor ajeno”. La ONG Médicos sin fronteras ideó esta original campaña para colaborar en la lucha contra ciertas enfermedades. Lo normal es ir a la farmacia a comprar pastillas para el propio dolor o para el dolor de las personas más próximas. Lo no normal es comprar medicamentos para el ajeno; no tiene sentido perseguir la curación del ajeno, de no ser que el tal ajeno llegue a ser prójimo y cercano.

Esto ocurre con Jesús de Nazaret: salió a los caminos para aliviar, acompañar… curar el dolor ajeno. Curanderos al estilo de Jesús tenía que haber muchos en su tiempo, dadas las “penurias” en las que estaba el tema médico de la época. ¿Cómo y por qué las primeras comunidades vieron precisamente en las curaciones de Jesús la llegada del Reino de Dios? ¿Por qué las otras curaciones, que las habría más “milagrosas”, no suscitaron en el ánimo de las comunidades la intuición de la venida del Reino?

¿Sería porque, además de ser curados, se percibía de algún modo la misericordia de un Dios cercano a la gente, interesado por las dolencias del pueblo humilde, solidario con las angustias que afectaban a los empobrecidos? Porque hablar de curaciones es, en definitiva, hablar de misericordia, de eso primario que es necesario para entender la vida y para entender a Dios.

La misericordia de Dios no es una bella teoría sugerida por las palabras de Jesús, ni por el Papa actual. Es una realidad fascinante. Junto a Jesús todos los ajenos se convierten en próximos. Los enfermos recuperan la salud, los poseídos por el demonio son rescatados, los excluidos son integrados en una sociedad nueva, más sana y fraternal… Jesús proclama el Reino de Dios poniendo salud y vida en las personas y en la sociedad entera.

Lo que Jesús busca, antes que nada, es que las gentes disfruten de una vida saludable y más liberada del poder del mal. La mirada de Jesús se dirige prioritariamente hacia los que sufren la enfermedad o el desvalimiento y anhelan vivir bien. Incluso el evangelio de Juan entiende la actividad de Jesús como enteramente encaminada a potenciar la vida: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

Ciertamente Jesús no es un médico de profesión, no examina a los enfermos para hacer un diagnóstico, no emplea técnicas médicas ni receta remedios… Su actuación es muy diferente. La terapia que Jesús pone en marcha es su propia persona, su amor apasionado a la vida, su acogida entrañable a cada enfermo o enferma, su fuerza para regenerar a la persona desde sus raíces, su capacidad de contagiar su fe en la bondad de Dios…

Si algo desea el ser humano es vivir, y vivir bien. Y si algo busca Dios es que ese deseo se haga realidad. Cuanto mejor vive la gente, mejor se realiza el Reino de Dios. Para Jesús, la voluntad de Dios no es ningún misterio: consiste en que todos y todas lleguemos a disfrutar la vida en plenitud. No vemos nunca a Jesús explicando su idea de Dios, para Él es una experiencia que lo transforma y le hace vivir buscando siempre aliviar todo dolor ajeno … Sin embargo, a veces, no reconozco al dios de quien hablamos.

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