Ciudadanos del mundo y de Dios

Ciudadanos del mundo y de Dios

29 Semana del T.O. Ciclo A

Por: Dionilo Sánchez Lucas. Seglar. Ciudad Real.

En la actualidad los cristianos estamos dispuestos a ensalzar al Señor, a adorarlo en nuestras celebraciones; a mostrarlo y seguirlo en nuestras procesiones; a admirar a su madre, María, por el don que nos ha dado; a leer el Evangelio y escuchar homilías y reflexiones que de él se derivan.

También hoy cantamos al Señor un cántico nuevo, bendecimos su nombre, contamos sus maravillas, los pueblos aclaman la gloria y el poder del Señor, nos postramos ante Él, confiamos en su fidelidad y verdad, nos alegramos con los bienes que nos ha dado, buscamos la justicia y esperamos la salvación.

Pero también hoy lo ponemos constantemente a prueba por falta de coherencia en nuestra vida, buscamos su descrédito cuando no nos conviene su mensaje, le exigimos que se cumplan nuestros deseos, sin caer en la cuenta que Dios escribe derecho con renglones torcidos. No tenemos siempre la disponibilidad para vivir la radicalidad del Evangelio; no buscamos, ni ponemos en práctica la verdad en nuestra vida.

La pregunta de los fariseos ¿Es lícito pagar impuestos al César?, no está bien planteada porque surge desde la perversidad del corazón, no busca la integridad de la persona, sino su separación, por el contrario, la respuesta de Jesús: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, es la única acertada que podría darse. El hombre y la mujer han sido creados por Dios, a Él se lo deben todo, pero forman parte del mundo, viven en la tierra que es de todos.

Nuestra fe y confianza en Dios es necesaria, debe afianzarse con nuestra oración personal y comunitaria. Debemos acrecentarla con nuestra formación mediante la lectura, reuniones y encuentros. Celebrarla con alegría en nuestras comunidades. Nuestra fe ha de ser valiente, llamada a afirmar y mostrar los valores del Evangelio.

Pero al mismo tiempo los cristianos estamos comprometidos con el mundo, sintiéndonos parte del mismo, no podemos inhibirnos de nuestras responsabilidades. Podemos empezar por tratar con amor y comprensión al que está en cada momento a nuestro lado; buscar el encuentro con el necesitado, aquel que sufre por hambre, enfermedad o soledad; escuchar al que piensa diferente a nosotros; acoger al que viene de fuera obligado por situaciones de pobreza, guerra y persecución; comprometernos a asumir responsabilidades políticas, sociales, promocionales y educativas.

Somos ciudadanos del mundo y al mismo tiempo de Dios, no separemos a Dios y al mundo, porque Dios es todo. 

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