De su mano

De su mano

19º Domingo TO. Ciclo B

Por: Rosa M. Belda Moreno. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Lectura del primer libro de los Reyes (19, 4-8): “Levántate, come”.

Eso le decía el ángel del Señor a Elías, y ¡qué bien nos viene! A veces, cuando el camino nos parece superior a nuestras fuerza, tenemos gana de “tirar la toalla”, de abandonar, y a veces a través del encuentro con otra persona, o de un rato de oración, o de la contemplación de los acontecimientos de la vida, sentimos intensamente la Palabra, ese “levántate”, que solo puede ser del Señor, que está en lo más íntimo de nosotras, sosteniéndonos, esperanzándonos, abrazándonos.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (4,30-5,2): “Desterrad de vosotros la amargura”.

La fe nos anima a sabernos conducidas a la liberación. Liberarnos, ¡de tanto! También a veces del peso de una vida vivida, de añoranzas de tiempos que no volverán, de disgustos, rencores, vacíos. Necesitamos que sea posible, que sea verdad, a pesar de que no veamos con claridad, a pesar de que a veces el sinsentido se apodere de nosotras. Hay demasiado sufrimiento, en el mundo y en nosotras, algunas veces evitable y otras, en las que solo es posible atravesarlo, sin hacernos daño ni hacérselo a las que nos rodean. ¿Qué podemos hacer? Tal vez la clave viene marcada por esta fuerte palabra: Desterrad la amargura. Ese mal sabor, mal tono, mal carácter, que a veces es lo que nos sale, tal vez como fruto del dolor que no hemos metabolizado, del perdón que no hemos otorgado… Al menos con el deseo, con la intención, echemos fuera de nosotras todo atisbo de amargura. Si somos del amor, del amor ardiente de Dios, podemos orar para que seamos capaces de liberarnos de lo que nos lastra y nos amarga.

Lectura del santo evangelio según san Juan (6, 41-51): “El que cree tiene vida eterna”

Jesús, en esta escena, nos invita a creer un poco más, a dar más pasos en la hondura de la fe. La gente que lo escuchaba, murmuraba, no se fiaba de Él, no podían darle crédito, un hombre humilde, nacido humildemente, de padres conocidos en el pueblo, ¿cómo va a venir de Dios? Sin embargo, Jesús les invita a no criticar, no se entretiene demasiado en demostraciones dialécticas, solo les insta a caer en la cuenta de que creer es el camino de la plenitud. Y ahí está Él. El pan vivo. El Dios hecho carne. La presencia que salva no está lejos, está aquí mismo, entre nosotras, basta dejar de criticar, de entretenerse en murmuraciones y centrarse en el ser humano vivo que está esperando nuestro gesto, nuestro abrazo, nuestra palabra.

Así, de su mano, nos levantamos, lavamos de nuestro rostro toda amargura, y deseamos seguir creciendo en la fe, siguiendo los pasos de este Jesús enamorado del ser humano frágil que somos.

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