Desde abajo y sirviendo

Desde abajo y sirviendo

La Asunción de Nuestra Señora

Por: Jose Antonio Ruiz Cañamares sj. Zaragoza.    

La Solemnidad de hoy nos remite a subir hacia lo alto. El  dogma de la Asunción (1950) define la plenitud de María en la totalidad de su persona, subiendo en cuerpo y alma al cielo. En el fondo estamos celebrando, como siempre, el triunfo de Cristo sobre la muerte. Y María, como madre de Jesús, es la primera en gozar de esta plenitud y nos alegramos con ella y nos alegramos por nosotros que tenemos la esperanza de un día llegar a vivir para siempre en esta plenitud.

Pero mientras que llegue el día de pasar a la casa del Padre estamos en este mundo. Y creer en la resurrección de los muertos es algo mucho mayor que afirmar la continuidad de la vida tras la muerte, porque tiene consecuencias en nuestra manera de situarnos en la vida. Parafraseando el conocido refrán podríamos decir: “dime en qué Dios crees y te diré cómo te sitúas en la vida”, y viceversa.

El Dios de María queda dibujado en su canto del Magnificat ante su prima Isabel. Es un Dios grande, que mira lo pequeño frente a lo grandioso y lo que brilla, que si nos abrimos a Él hace grandes cosas con nosotros y, frente a las esterilidades que amenazan nuestra existencia, Él la hace fecunda. El Papa Francisco nos ha insistido que nuestro Dios tiene entrañas de misericordia.Esto no es nada nuevo, ya lo cantó también María en el diálogo con Isabel.

Tampoco es un Dios imparcial. Porque la misericordia no puede serlo. La misericordia derriba y levanta. Y por eso María nos dice que su Dios, que es el nuestro, está de parte de los pobres y sencillos para levantarlos y colmarlos de bienes; mientras que a los poderosos los derriba de su trono y no es amigo de los soberbios que siempre acaban situándose por encima de los demás y  quitándoles su dignidad.

Creo que ahora se puede entender mejor que si creemos en el Dios cantado por María, nos tenemos que situar en la vida como criaturas agraciadas y queridas por el Dios de la vida, que nos hace situarnos desde abajo y sirviendo. Esto es anticipar la resurrección que nos espera, de la que goza María desde su Asunción. Vivir así, tejiendo fraternidad es adelantar vivir en la plenitud de la casa del Padre. Aunque haya gente que diga que como en la casa de uno no se vive en ninguna.

Ojalá y que, en alguna manera, también se pueda decir de nosotros: “dichoso tú que has creído”, porque tejes fraternidad y sororidad, situándote en tu manera de vivir desde abajo y sirviendo porque vives agradecidamente tu existencia desde el Dios bueno al que imploras y con el que caminas.

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