Dios nos sale al encuentro en los otros, ¿lo reconocemos?

Dios nos sale al encuentro en los otros, ¿lo reconocemos?

 DomingoXXIV del T.O. Ciclo B

Por: Maite Menor Esteve. Vita et Pax. Guatemala

Las lecturas de este domingo son muy iluminadoras para la vida de los y las que queremos ser discípulas de Jesús. La primera de Isaías, nos presenta a un hombre sufriente y despreciado por sus semejantes, y que a pesar de eso, tiene una total confianza en Dios, siente que le acompaña en su sufrimiento y le da fuerzas para resistir, tiene la experiencia de que Dios está con él y no le dejará en ningún momento. ¡Qué diferente se viven los problemas y las dificultades cuando se experimenta la presencia envolvente de Dios! ¡Cuántas personas viven su dolor y sufrimiento en soledad! Cuántas personas necesitan a alguien que les escuche, que les demuestre que no están solos, que les haga sentir la presencia de Dios a través de una mano amiga. Es un buen momento para que nos preguntemos cuánto escuchamos, cuánto de nuestro tiempo cedemos para acoger al otro, a la otra. Dios nos sale al encuentro en los otros, ¿lo reconoceremos?

La segunda lectura de Santiago nos dice que la fe si no tiene obras está muerta, y nos invita a demostrar la fe con las obras y con las obras, demostrar nuestra fe. Los cristianos corremos el riesgo de quedarnos en ritos y cumplimientos de las normas establecidas, de refugiarnos en una religión que nos tranquiliza y, a veces, hasta nos anestesia, y olvidarnos de que es la coherencia entre lo que decimos y hacemos, entre lo que creemos y vivimos, lo que da sentido a nuestra vida, lo que nos hace, en definitiva, ser seguidoras de Jesús: “No todo el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre del cielo.” (Mt 7, 21-23).

La realidad nos presenta constantemente, oportunidades para demostrar nuestra fe, a través de nuestras acciones. Vivimos en un mundo lleno de injusticias, que excluye y margina, que rechaza y expulsa a los que no son de nuestro país, a los que no piensan como nosotros, a los que son diferentes, a los que entienden la vida de una manera distinta a la nuestra, etc. ¿Qué estamos haciendo los cristianos y cristianas con la realidad de los que huyen del hambre y la miseria? ¿Qué estamos haciendo con las violaciones a los derechos humanos? ¿Con la violencia contra grupos étnicos o de género? ¿De parte de quién nos ponemos, de los indefensos o de los poderosos? Hoy Santiago interpela nuestra coherencia y nos invita a tomar cartas en los asuntos que conciernen a los que sufren, a los que no cuentan para este mundo. ¿Nos dejaremos interpelar?

Por último, en el evangelio de Marcos, Jesús nos pregunta igual que en su día les preguntó a sus discípulos y discípulas: “Y vosotros, vosotras, ¿quién decís que soy?” (Mc 8, 29). ¿Soy alguien vivo en tu vida que te invita a salir al encuentro de los que sufren? ¿Es el sufrimiento de los otros lo que te mueve a actuar y a salir de tus comodidades y de tu vida hecha? Si es así, miremos la realidad que nos rodea con los ojos de la compasión, de la empatía, de ver la situación de los excluidos y marginados, sea por la razón que sea. Convirtámonos los y las seguidoras de Jesús, en defensoras de los grupos marginados sean los pobres, los marginados, las mujeres violentadas, los grupos LGTBI, etc., cualquier persona que sufra, y demostremos con hechos y no con palabras, que seguimos a Jesús que vino a restaurar la vida, a liberar a los oprimidos por el sistema y devolver la esperanza a todos los desesperanzados.

 

 

 

 

 

 

                                                                                                         

 

 

                                                                                                               

 

 

 

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