Elegir la vida

Elegir la vida

Por: Marita Oliver. Vita et Pax – Pamplona.

4º Domingo de Cuaresma, Ciclo B

“El Señor movió el espíritu de Ciro”. Así podríamos disponernos ante las lecturas de este domingo: deseando que el Señor mueva nuestro espíritu ante su Palabra, ante su misericordia, ante los necesitados, ante las elecciones que cada persona hacemos en nuestra vida.

Mediante la liturgia de estos domingos se nos ha ido narrando la historia de Dios con su pueblo: a través de Noé, de la fe de Abrahán, de Moisés en el Sinaí; conduciéndonos a la alianza sellada en el Hijo. Hoy nos coloca frente a otro hito de esa historia, frente al Crucificado en quien la alianza alcanza la plenitud “Así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Pero también nos coloca ante el reverso de esa relación, el pacto visto desde la ruptura como respuesta, desde Babilonia.

Y en esas dos caras de la historia nos pone delante la elección, recordándonos aquella cita del Deuteronomio: “Pongo ante ti vida y muerte, elige la vida y vivirás” (Dt.30,19).

La liturgia de hoy nos sitúa ante nuestra libertad. En una historia de alianzas, el Señor nos vuelve a poner una y otra vez ante la disyuntiva con toda la capacidad de elección:
– La primera lectura opone la destrucción al encargo a Ciro de edificar Jerusalén.
– El salmo opone Babilonia -la ruptura de la alianza-, con Jerusalén, donde alcanza su plenitud.
– El Evangelio opone: perecer, a la vida eterna; juzgar, a salvar; la tiniebla, a la luz. “La luz vino al mundo y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz”. Pensemos en nuestras preferencias, ¿dónde se fraguan? ¿dónde nos posicionan?

La oferta es clara, no importa que provenga de Ciro, rey pagano de Persia; no importa que venga de Nicodemo, el buscador en la noche, al que unos versículos antes se le rompían los esquemas “¿cómo será eso?”, y al que Jesús le responde “El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios”. Nuestra vida está hecha de elecciones que podemos acoger o rechazar. Hemos de decidir dónde situarnos, cómo responder.

Y la elección tiene una finalidad, “para que tengan vida” nos dice el evangelio. El desenlace en las tres lecturas es el mismo: Tras la destrucción de Jerusalén, Dios encarga a Ciro que edifique y mueve su espíritu para devolver al pueblo la libertad de subir a Jerusalén. San Pablo nos recuerda que Dios nos ha hecho vivir con Cristo para que nos dediquemos a las buenas obras, sabiendo que es don.

¡Cuánta insistencia! nos ofrece la Palabra del día: “El Señor, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo” (2Cro.36,15). “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó… nos ha hecho vivir con Cristo (Ef.2,4-5). Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único” (Jn.3,16).

“Tanto amó Dios al mundo…” ¿Se puede decir de los creyentes que ‘tanto amamos el mundo’ que le damos Vida? Nuestra aportación, ¿es dadora de vida? ¿Es esa la finalidad de nuestras actuaciones y de nuestras decisiones?

Que el Señor mueva nuestro espíritu como el de Ciro para liberar, que nos mueva para buscarle como Nicodemo, para encontrarle en ese Crucificado que se entregó por nosotros, que nos mueva para elegir la vida, y acercar nuestras preferencias a las del Dios que “amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que tengan vida.”

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