“Id, os necesito”

“Id, os necesito”

16º Domingo TO, Ciclo B

Por: Blanca Lara Narbona. Grupo Mujeres y Teología de Ciudad Real

Vosotros dispersasteis mis ovejas y las dejasteis ir sin preocuparos de ellas”: Jer 23,1-6.

“Él ha creado en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad, restableciendo la paz. (…) Ya no sois extranjeros o advenedizos (…); sois familia de Dios”: Ef 2, 13-18.

“(…) y corrieron allá, a pie, de todos los pueblos (…)  vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor”: Mc 6, 30-34.

En la lectura de la Palabra, Dios dialoga con nosotros. Es un diálogo íntimo, es un encuentro personal y amoroso, donde su Espíritu se hace presente a través de las palabras de sus testigos y a través de las palabras de Jesús. Este domingo, en ese encuentro acogedor, nos hace la propuesta de vivir en nuestro día a día, la comunión y la fraternidad, el servicio y el cuidado hacia nuestros hermanos.

Hoy, como hace dos siglos, una humanidad dividida, perdida y herida, “como oveja sin pastor”, clama dignidad y corre buscando una vida mejor y unas palabras, que sean Fuente de vida con las que llenar el vacío de su existencia.

“Sois familia de Dios”, dice el apóstol. Todos y cada uno, sin excepción, somos uno con Dios, conciudadanos de su pueblo, hijos e hijas suyos. Esta condición que nos iguala, este mismo Espíritu que nos habita, nos llama a vivir una profunda experiencia de comunión con el Padre y con los hermanos. Pero ¡qué lejos está este sueño de Dios en nuestro mundo! Con Cristo nace una humanidad nueva, pacificada y unida de hijos e hijas de Dios, y para que se desarrolle, Dios necesita pastores fieles, responsables y compasivos, sembradores de paz, justicia y esperanza. Por eso, cada día, Su voz nos llama y nos envía “Id, os necesito”. Escuchemos su llamada y dejemos que transforme nuestro corazón de piedra en corazón de carne, para que pueda ser refugio del hermano que sufre, del hermano perdido, del hermano cercano y lejano. Pues en la medida que podamos vivir y sentir que el otro es uno conmigo, mayor será nuestra compasión y más tierno y diligente nuestro servicio, nuestro cuidado.

Y es que cuando nos sentimos uno con el Padre, uno con los hermanos, el amor se expande, se derrama y nace la necesidad de salir de nosotros mismos para centrarnos, con solicitud y ternura, en ese gentío que corre y nos sale al encuentro. Nos despojamos del egoísmo y aprendemos a servir como Jesús, viviendo el servicio, no como algo puntual o extraordinario sino, como una actitud que transforma nuestro modo de ser y estar en el mundo. Entonces, nuestra manera de servir será la medida de nuestra capacidad de amar.

Por eso la visión de miles de hombres, mujeres y niños, gentío que corre en nuestros días, desposeídos de todo, sin casa, sin alimento, sin libertad, sin derechos, sin consuelo, sin esperanza, sin futuro … condenados a la soledad, a la indefensión, a la indiferencia y al abandono debe conmovernos hasta las entrañas y hacernos actuar de forma amorosa y solícita en lo que esté a nuestra mano. Debe indignarnos, hacernos levantar la voz para denunciar a una humanidad deshumanizada que califica y condena como delito ayudar a salvar vidas humanas. Seamos buenos servidores, buenos pastores, testigos fieles de la presencia de Dios allí donde estemos y haciendo lo que quiera que hagamos.

Dios hace una advertencia a los malos servidores, a los malos pastores. “Ay de los pastores (…)” dice el Señor. Ay de los pastores ciegos, cortos de mira, incapaces de percibir las necesidades de su ovejas; ay de los pastores indolentes y vagos, anclados en la comodidad de lo rutinario, que no se dejan tocar por la novedad del Espíritu y permiten que sus ovejas se dispersen y pierdan; ay de los pastores que conducen al rebaño con la autoridad del poder y no con la ternura del amor; ay de los pastores miedosos que se aferran a las normas y confinan a sus ovejas en corrales estrechos; ay de los pastores pagados de sí mismos, de los orgullosos, incapaces de reconocer el Espíritu en la boca de los sencillos y los callan y confunden; ay…

Pero tú Señor, “pastor bueno”, renuevas cada día nuestra esperanza, porque nos conduces hacia aguas tranquilas para descansar y aliviar nuestras pesadas cargas, porque tu vara y tu cayado nos sostienen en las dificultades cuando transitamos caminos tenebrosos, porque tu amor y tu bondad nos acompañan todos los días de nuestra vida.

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