La brújula

martes, agosto 21st, 2018

21º Domingo TO. Ciclo B

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

En muchas ocasiones, las preguntas son más reveladoras que las respuestas. Jesús resulta sorprendente en sus preguntas, y conmueve algo en quien las recibe. Son creadoras, parecen sacar lo mejor de cada ser y tender un puente, un puente hacia la verdad y la luz.

Con la pregunta de hoy “¿También vosotros queréis marcharos?”, Jesús pretende suscitar una libertad difícil: la de quien acepta quedarse aún cuando no se está en la mejor situación. Y las palabras de Jesús se convierten en un desafío para la libertad personal de los discípulos que tienen que decidir qué es lo que quieren, qué pretenden hacer, qué decisión van a tomar. Los discípulos “entran en crisis”, a menudo, es buena señal cuando se quieren hacer las cosas en serio. Porque toda crisis es un reto para la libertad, abre un camino, obliga a dar un paso hacia adelante.

“Señor, a quién vamos a acudir. Tú tienes palabras de vida eterna…”. Qué acertado estuvo Pedro en esta respuesta. Cómo nos identificamos con ella. Porque, a veces, en el fondo, es verdad que también nosotras queremos marcharnos y dejarlo todo. Hay diferentes maneras de abandonar a Jesús y su proyecto. El más claro es el de la persona que se va, lo deja, deserta, se retira, desaparece, huye… Pero hay otras maneras de irse más sutiles, menos evidentes y, por eso, tal vez, con más infidelidad:

  • Dejar de soñar, olvidar la utopía
  • La desesperanza, el desconsuelo, el pesimismo
  • Instalarse en el pasado
  • Cerrarse en sí misma
  • La mediocridad, la sequedad
  • No saber dónde está tu hermana o hermano
  • No arriesgar la vida por las víctimas

Pedro responde a Jesús con otra pregunta asumiendo la responsabilidad de su papel y habla en nombre de todos: su “vamos” está en plural. Se encarga de ofrecer una respuesta que los demás no son capaces o no tienen la valentía de dar. Asume el papel de líder del grupo en el momento más difícil, cuando los demás están confusos, cuando él mismo se ve en la tentación de callar. Es un hombre que, a pesar de sus contradicciones, ha crecido y es capaz de asumir su propia responsabilidad y tomar opciones.

Y dice “a quién vamos a acudir”, no “a dónde”. La vida no precisa de “algo”, sino de “alguien”, necesita un “quien” al que entregarse, en el que establecer la propia morada. Pedro no quiere entregar su vida a nadie que no sea Jesús. Puede encontrar muchos lugares en los que estar, pero su casa es Jesús. Y su casa son también las personas con las que se cruza si las encuentra en Jesús, por eso, hallará en su vida muchos lugares y muchas casas. Y podrá hacerlo porque ha decidido permanecer en Jesús, no abandonarlo, poner en Él su centro. Cuando olvide esto, como por ejemplo, en el atrio de la casa del Sumo Sacerdote, la noche de la pasión, el fuego de aquel patio no será el de un hogar porque ha huido lejos del Señor y ha asegurado que no lo conoce.

Después Pedro dice: “Tú tienes palabras de vida eterna”. Resulta interesante la razón que expresa para permanecer con Jesús. No dice: “Tú arreglas todas las cosas, nos das pan gratis, haces milagros, estamos bien contigo…”. Al justificar su decisión, se aferra a algo tan extremadamente frágil como son las palabras. Por esas palabras Pedro está dispuesto a jugarse la vida, a poner toda la carne en el asador. Estas palabras determinan sus opciones, sus acciones, sus sentimientos. Sabe que no puede prescindir de ellas. Y nos enseña una nueva relación con la Palabra. La Palabra no sólo es edificante, no sólo nos alimenta, no sólo nos enseña, sino que es el criterio que determina nuestras decisiones, la brújula que orienta ese “a quién vamos a acudir” que necesita nuestra vida.

 

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