La corrección en el Espíritu es un regalo

La corrección en el Espíritu es un regalo

23º Domingo T.O. Ciclo A

  Por: M Ángeles del Real Francia. Mujeres y Teología de Ciudad Real

En la comunidad conformada por el Espíritu solo son posibles relaciones de igualdad, donde cada persona, hombre o mujer, es don y palabra de Dios.          

Lectura del profeta Ezequiel (33,7-9)

Cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte”

El Señor necesita personas que escuchen su voz y sean portavoces de su palabra. Nos llama a ser responsables y corresponsables, a ser profetas, a no mirar hacia otro lado, sino a denunciar el mal tanto personal como estructural.Su palabra es fuego abrasador.

Salmo 94,1.2.6-7.8-9

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: “no endurezcáis vuestro corazón”

Qué bueno es saber que el Señor nos habla y nos invita a escucharle, no tiene prisa, pero nos invita con tesón, aún respetando nuestros tiempos. Su voz nos puede llegar como susurro suave o viento tempestuoso, pero ahí está, esperando que  nuestro corazón se abra, que no permanezca endurecido, sino que reconozca la voz de quien desea guiarnos por el camino de la paz. Qué bueno es saber que todos, hombres y mujeres, no unos cuantos privilegiados, hemos sido capacitados para escuchar la voz de Dios.

Rm 13 8-10

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Uno que ama a su prójimo no le hace daño”

Amar a alguien es decirle “eres valioso para mí”. Es reconocer el don y la belleza de la otra persona, saber que es don de Dios para mí. Por ello esta lectura de romanos, es muy apropiada para preparar el corazón para la lectura del evangelio de hoy, solo desde el amor puede ser posible la verdadera comunión, la verdadera comunidad.

Mt 18, 15-20

El capítulo 18 de Mateo nos habla de cómo ha de ser la comunidad cristiana. Mateo no habla de jerarquía ni de sumisión, sino de una comunidad inclusiva, de hermanos y hermanas, solo desde ahí es posible la corrección. Aunque el término que utiliza es hermanos, en masculino, es necesario hacer notar que si se excluyen a las mujeres no podemos hablar de verdadera comunidad cristiana.

Una comunidad cristiana ha de ser una comunidad viva, vivificada por el Espíritu de Dios, igualitaria y recíproca, donde no haya unos superiores a otros, sino relación entre iguales. No es una cuestión baladí, la verdadera comunidad cristiana no es un grupo de personas con unos intereses, una estructura, unos estatutos o leyes jerarquizados, sino conformada por personas, en relación de igualdad, que movidas por el Espíritu de Dios, se aman y desean que se lleve a término la voluntad de Dios de vivir en plenitud. Esto nos lleva a ser corresponsables unos de otros, a dar y recibir mutuamente, reconociendo los dones con los que cada persona ha sido bendecida.

La corrección desde la superioridad atenta contra el amor y por tanto contra el plan de Dios. La corrección solo es posible desde el amor, en una comunidad entre iguales, donde cada persona recibe el don del Espíritu de poder corregir, es decir de amar tanto como para poder sanar y atraer al que ha hecho mal, atraerle, no a unas leyes ni estructuras jerárquicas, ni de dominio, sino al amor de Dios.

El daño que se infringe es sufrimiento no solo para quien directamente es dañado, toda la comunidad sufre con él, también el que lo infringe se aparta de la vida, de la auténtica humanidad a la que ha sido llamado. La corrección en el Espíritu es un regalo inmenso, todos necesitamos que se nos ayude y anime a seguir al Señor, a amar, a no hacer daño, sino a ser portadores de sanación. En una comunidad cada miembro puede ser palabra de Dios para el otro. Por ello la comunidad tiene la capacidad de atar y desatar, sanar y perdonar.

Es toda la comunidad, no una parte, quien recibe la promesa de su presencia, “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” y es toda la comunidad, no una parte, quien tiene la promesa de recibir del Señor todo lo que pida en su nombre. Dejemos que su presencia nos unifique, nos conforme en verdaderos hermanos y hermanas, para que seamos una comunidad viva, guiada y fortalecida por el Espíritu, para que se cumpla la voluntad de Dios de vivir en plenitud.

           

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