La fuente

La fuente

3º Domingo de Pascua

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

En el centro mismo de nuestra fe existe una fuente permanente de esperanza: El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús; es decir, a Jesucristo crucificado Dios lo ha resucitado. Es más, podemos afirmar que la fe cristiana es respuesta a esta presencia resucitada, sin ella no tendría sentido.

Nadie vio realmente a Jesús resucitar de entre los muertos. Nadie sabe todavía qué es o a qué se parece la vida más allá de la muerte en la gloria de Dios. Pero aún a tientas los discípulos tomaron conciencia de esta nueva situación de Jesús, “vieron” y conocieron su “presencia” por el poder del Espíritu con los ojos de la fe. En adelante, lo reconocen en un forastero que se les une en el camino y en la fracción del pan; en la paz del perdón; en la forma de pronunciar el nombre de la mujer llorosa a la que se dirige; en alguien que les cocina en la orilla del lago mientras espera que lleguen de pescar; palpando unas manos y unos pies con heridas de amor; en quien come con ellos un tentempié entre horas…

Y los discípulos mismos testifican que la persona resucitada de entre los muertos no es otra que Jesús de Nazaret, que había sido crucificado bajo Poncio Pilato. Por lo tanto, la resurrección representó un cambio radical de dirección en la decisión tomada por los jueces humanos, políticos y religiosos, que habían considerado que las palabras y las acciones de Jesús a lo largo de su vida y ministerio lo hacían merecedor de la muerte. Significa que, a los ojos de Dios, la víctima de la pena capital había tenido un comportamiento magnífico al transmitir su mensaje, en sus acciones y en su persona.

La muerte de Jesús se produce como consecuencia de las hostiles respuestas de los gobernantes religiosos y civiles al estilo y contenido de su ministerio, al que Él fue radicalmente fiel con una libertad a la que no estuvo dispuesto a renunciar. Pero en contraposición con este juicio que los poderosos emitieron contra Él, la resurrección revela que en, durante y más allá de su muerte, el poder y la sabiduría entrañables de Dios han dicho su última palabra. Crucificado por su hacer y decir, Jesús se ha visto ahora confirmado como verdadera Palabra y Sabiduría de Dios, como Emmanuel, Dios con nosotros.

Contra todas las apariencias que parecían indicar lo contrario, resulta que, después de todo, Dios no abandonó a Jesús en la cruz. Es más, es aquí donde Dios se revela de la forma más propia de Dios: rico en bondad y misericordia, lo suficientemente poderoso y amante como para resucitar a Jesús.

La resurrección de Jesús no acabó con el sufrimiento del mundo. A través de la historia continúan alzándose cruces, y la agonía perdura. Pero Cristo crucificado y resucitado revela la verdad de que la justicia divina no cesa de actuar como levadura en el mundo, y lo hace sin recurrir a ningún tipo de violencia. La victoria no se consigue con la fuerza de la espada de un dios guerrero, sino en virtud del poder del amor compasivo que lleva a Dios mismo a solidarizarse con quienes sufren, con el fin de curarlos y liberarlos.

El Crucificado, víctima de una “injusticia del Estado”, no se ve abandonado para siempre. Desde ahora en adelante la cruz de Jesús se convierte en punto crítico que nos permite conocer cómo participa Dios en el sufrimiento del mundo con el fin de salvarlo. Este convencimiento nos da esperanza a todos los creyentes pero, de manera muy especial, es una extraordinaria buena noticia para los pobres, los despreciados, los oprimidos, los que se esfuerzan por salir a flote, las víctimas de abusos, los acusados falsamente, los desaparecidos, los que dejamos morir en el Mediterráneo… Dios se pone descaradamente del lado de las víctimas y desautoriza a los causantes de tanto dolor.

La resurrección de Jesús es la fuente de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor (misión).

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