Permaneced en mi amor

Permaneced en mi amor

Por: Dina Martínez. Vita et Pax. Madrid

6º Domingo de Pascua, Ciclo B

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.” Así comienza el Evangelio del domingo VI de Pascua y todo lo que sigue en el texto de Juan 15,9-17 es un relato de AMOR de Jesús a sus discípulos y a través de ellos, a toda la humanidad. Porque no lo olvidemos, Jesús no vino a este mundo para realizar actos extraordinarios y darnos consejos maravillosos que nos permitan recordar que fue un hombre fuera de serie. No, Jesucristo se encarnó en nuestra humanidad para que, por medio de El, se hiciese presente en nuestro mundo el amor que El vivió junto al Padre. Para eso es necesario acoger su presencia salvadora y así  permitir que su mismo  amor nos habite, crezca en nosotros y se expanda a los que nos rodean.

¡Qué consolador resulta escuchar estas palabras y más cuando constatamos que siguen operando en nuestro mundo, pues gracias a El podemos percibir la presencia Pascual del Resucitado! Sí, muchos hombres y mujeres, a través de los tiempos, han acogido y han hecho vida, en su vida, el amor profundo que nos llega de Jesús y lo van derramando en el quehacer cotidiano. ¿Cómo sería posible si no superar tantos conflictos personales y sociales, tantas guerras, injusticias, desastres naturales, sin sentir que alguien nos ama? Si contemplamos el camino recorrido, en nuestra corta o larga vida, seguro que encontramos muchas personas que nos han amado y gracias a ellas hemos crecido y hemos llegado a ser lo que somos. Vamos a recorrer las calles de nuestro pueblo o de nuestra ciudad y a entrar en los hogares para descubrir como este mensaje de Jesús tan atrevido y exigente, sigue presente entre nosotros.

Nos acercamos a las personas en paro que sobreviven gracias a la generosidad de su familia, sus amigos y de tantos anónimos que sienten el deseo de compartir lo que tienen y lo que son para que la vida sea posible en estos momentos difíciles de crisis. ¿No son estos hombres y mujeres los que “guardan el mandamiento de Jesús y permanecen en su Amor”?.

Hay colectivos en nuestra sociedad que no son bien vistos en general y que su presencia produce en mucha gente: rechazo, desconfianza e incluso miedo. Pienso en los drogodependientes y los emigrantes tal vez porque son dos grupos con los que tengo más relación. Estas personas pueden convertirse en hostiles o incluso peligrosas como respuesta al rechazo que sienten hacia ellos. Pero sufren una transformación espectacular cuando alguien les manifiesta, con palabras y sobre todo con obras, su amistad, su confianza, su respeto.

La palabra de Jesús nos cambia: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos sino amigos…, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”. Ser amigos de Jesús nos pone en sintonía con sus mandatos, que vienen de Dios Padre, es por eso que no podemos dejar de mirar a los que El mira. Actualmente en España hay unos cinco millones de emigrantes, de los cuales más de 500.000 viven en una situación irregular, lo que hace que su vida sea muy difícil. Y es maravilloso descubrir cuánta gente hay implicada en el mundo de la emigración, especialmente jóvenes voluntarios que son sensibles al sufrimiento de estas personas que se han visto obligadas a dejar sus países para ganarse la vida como lo hacíamos los españoles en la década de los 60 y 70 del siglo pasado; y que nosotros hoy les cerramos todas las puertas, si su presencia no nos proporciona ningún beneficio. Estas gentes que se implican y se complican la vida por defender los derechos de sus semejantes, están haciendo realidad el mensaje de Jesús, aún sin ser conscientes de ello, porque lo que les empuja no es cumplir un mandamiento, sino el impulso del amor que los habita: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure”.

Nos paramos y entramos en la vida familiar donde el Amor hace maravillas y cuando este falta se pueden vivir las tragedias más desgarradoras como de vez en cuando escuchamos en los medios de comunicación. Los padres y especialmente las madres, de todo el mundo, encarnan maravillosamente esa frase del Evangelio: “Nadie tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos…”. Que fácil nos resulta creer estas palabras cuando sentimos que somos el fruto del amor y cuanto agradecemos a Dios que nos haya hecho así. Y que doloroso es ver familias en las que no hay espacio para el amor, tal vez porque no lo han sabido acoger o no lo han sabido cuidar.

No me resisto a ampliar la mirada y  contemplar a tantos hombres y mujeres que han entregado su vida y sus bienes a la defensa de los Derechos Humanos, a ayudar a los más necesitados, a defender la justicia y la verdad. “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado” ¿Cómo sería hoy nuestro mundo sin esa semilla que se siembra, se trabaja y se cosecha cada día en todos los rincones de nuestro planeta?

Si fuéramos conscientes de lo que nos aporta el amor, nadie renunciaríamos a él ni le cerraríamos la puerta de nuestra vida. Acoger el amor y permanecer en El, no es renunciar a nosotros mismos, no es perder nuestra vida, sino al contrario. Solo el amor que viene de Dios  sacia ese deseo profundo de vida y de plenitud que hay en lo profundo del ser humano. Y como Jesús nos dice: “De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé”, ésta es mi petición en este VI domingo de Pascua: Señor, enséñame a descubrir tu Amor presente en la vida cotidiana, que sepa acogerlo, cuidarlo, disfrutarlo y a ofrecerlo a  todos los que se crucen en mi camino. 

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