Riega la tierra en sequía

Riega la tierra en sequía

Pentecostés

Por: M. Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Madrid

La tierra de nuestro mundo está seca, a veces, incluso la nuestra propia, por eso, como “agua de mayo” esperamos la fina lluvia del Espíritu. Un mundo seco pero muy amado porque lo amó Jesús y por él dio su vida. Y nosotras, movidas por su mismo Espíritu, también lo amamos a pesar de sus contradicciones y deseamos ofrecerle una respuesta creyente y esperanzada en nuestro “aquí y ahora”.

El Espíritu Santo es “la fuente de la vida”. Su don es la expresión más firme del sí a la vida por parte de Dios. Es alentador de vida, sana el corazón enfermo, cura las heridas que paralizan la existencia y con su riego hace brotar las motivaciones para vivir. El agua limpia y cristalina del Espíritu nos ayuda a enderezarnos como aquella mujer encorvada que nos narra Lucas. Y es un don del Espíritu poder acompañar a otras personas encorvadas hasta redescubrir “por qué erguirse con dignidad”.

El agua viva del Espíritu nos empuja a construir un nuevo mundo de relaciones más justas y solidarias, más integradoras, más humanas, como alternativa a esta tierra seca de justicia e igualdad, donde los derechos humanos se violan descaradamente y las personas padecen con frecuencia un trato de dominio, explotación y violencia. El Espíritu nos guía, cuando estamos un poco perdidas, a formar vínculos humanizadores que permitan un crecimiento personal y social.

Es el Espíritu quien nos empuja a ser más creativas, a desarrollar caminos nuevos de cooperación y solidaridad, a generar espacios donde nos relacionemos en proximidad, en capacidad de hacer consensos porque nuestra cercanía está fundada en el rocío del Espíritu que es amor. Es el Espíritu quien nos da fortaleza, es decir, la confianza y la osadía de mirar más allá de nuestras propias limitaciones.

El Espíritu nos proporciona la sensibilidad oportuna para escuchar y consejo y fortaleza para acompañar a las personas que sufren en el camino. No nos permite pasar de largo de quien solicita nuestra ayuda, y esto sin acepción de personas… El Espíritu grita en nuestro interior con la pregunta de Dios a Caín “Qué has hecho de tu hermano, de tu hermana” (Gen 4,9-10). Escuchar el clamor del que sufre, es señal de que “el Espíritu del Señor está sobre mí…” (Lc 4,18-19). Este mismo Espíritu nos regala sus dones para convertirnos en “compañeras y compañeros de camino”.

El sirimiri del Espíritu está siempre alentando lo nuevo, lo inédito: el camino interior, el progreso de la historia, el avance de la creación entera… El Espíritu tiene la iniciativa, está siempre activo, buscándonos, entregándonos su ser entero. Su misión es recuperarnos para la vida y una vida abundante, por eso, pone a nuestra disposición el coraje y la terquedad necesaria con el fin de superar nuestros miedos.

Vivir habitadas por el Espíritu es un don que se nos regala y al mismo tiempo una tarea que requiere responsabilizarnos; ser conscientes de nuestros propios límites y, a la vez, de las posibilidades infinitas con las que fuimos creadas y que duermen en nuestro interior esperando ser despertadas. El Espíritu hace de despertador y nos invita a su escucha porque clama en nosotras con gemidos inefables (Rm 8). Escuchar el “susurro” del Espíritu es una actitud que anima nuestro corazón y nuestro compromiso.

Preparemos nuestra tierra para que fluya el agua del Espíritu. Recibir y acoger al Espíritu requiere unas condiciones que no son muy distintas de las que nos describe la parábola del sembrador para acoger la Palabra. Limpiemos nuestra tierra, a veces, llena de piedras, zarzas, maleza… La semilla y el agua fecunda del Espíritu no nos van a faltar, pero estemos atentas de no beber de cisternas agrietadas y contaminadas.

La acogida del Espíritu requiere siempre lo mejor de nosotras mismas y en su mejor momento.

 

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