Siguiendo a Jesús

Siguiendo a Jesús

Domingo 25 del T.O.  – Ciclo B

Por: Sagrario Olza Leone . Vita et Pax . Pamplona

Los Evangelios nos hablan de Jesús como el predicador y profeta siempre en camino.  En muchos lugares la gente sale a su encuentro porque quiere escucharle, otras veces le presentan enfermos pidiéndole que les cure… pero hay otras personas  que le siguen, van con él, recorriendo los distintos lugares por los que Jesús va.  Acompañantes permanentes son los Doce, a los que  había elegido “para que estuviesen con él y para enviarlos a predicar”. (Mc. 3, 14)

En estos últimos domingos San Marcos  sitúa a Jesús y a los discípulos en Galilea y en la región de Tiro, terreno pagano, donde curó a la hija de la mujer sirofenicia.  En el camino se dirige de manera particular, más directa, a los más asiduos y cercanos.  Recordamos la pregunta que les hacía el domingo pasado: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”  Y Pedro responde, parece ser que en nombre del grupo: “Tú eres el Mesías”… (Mc. 8, 29).  El prometido, el libertador, el que tenía que venir… Todo el Pueblo lo esperaba.  Para Pedro y sus compañeros estaba claro: el Mesías había llegado.

Durante  este recorrido Jesús quiere instruirlos, son sus seguidores y los elegidos para colaborar con él en su misión mesiánica.  Les va señalando unas condiciones  para poder compartir esa misión y  anunciando lo que le va a ocurrir  a partir de entonces: va a sufrir, las autoridades religiosas lo van a rechazar y, finalmente, lo condenarán a muerte.  Pedro se indigna, ¿cómo va a pasarle eso al Elegido, al que ellos siguen y del que “algo” esperan?  ¿Es que esa será también su propia suerte? Jesús les habló también de la Resurrección “pero ellos no entendían lo que decía y les daba miedo preguntarle” (Mc.9,30-32).  Y continuaban  hablando entre ellos.

Ese “algo” que esperaban tenía que ver con los posibles puestos que ocuparían en el Reino que Jesús anunciaba… y aunque les hablaba del sufrimiento y de la muerte “ellos no entendían”… y seguían con su discusión sobre los cargos a ocupar y quién sería el mayor.

Llegados a Cafarnaúm y una vez en casa, Jesús les preguntó: “De qué veníais discutiendo por el camino?”  Ellos callaban pero, poco a poco, se lo fueron diciendo… Entonces Jesús les explicó la “organización del Reino” y la forma de ejercer las responsabilidades: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc. 9,35).

Nosotras/os somos los seguidores de Jesús del siglo XXI.  Podemos reflexionar sobre si nos pasa algo parecido  a lo que pensaban y hablaban los que le acompañaban por los caminos de Palestina.  Sabemos que se cumplió lo que Jesús les iba anunciando: la persecución y condena de las autoridades religiosas que le llevaron a la cruz.  Sabemos que resucitó, porque creemos en el testimonio de los que lo experimentaron vivo… Conocemos lo que Jesús predicó, lo que Jesús hizo, y en qué consiste el Reino que anunciaba: la realización del Proyecto de su Padre y nuestro Padre, del Padre de todos,  que nos hace una sola familia en la que los hermanos se respetan, se apoyan y se ayudan, teniendo en cuenta, en primer lugar, a los más débiles y necesitados.

No nos desanimemos si nuestros sentimientos y reacciones se parecen a las de aquellos primeros seguidores… Ante la perspectiva de aquel futuro  nada agradable y tan poco glorioso que les presentaba el Maestro algunos se marcharon. Jesús preguntó a los doce: “¿También vosotros queréis marcharos? Y Pedro le contestó: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn. 6, 67-68).

Los doce siguieron a Jesús hasta el final, con sus dudas y temores.  Pedro llegó a negarle en un momento muy difícil.  Pero, para ellos, pudo más su seguridad y confianza interior,  manifestada en aquella respuesta del mismo Pedro: “Tú tienes palabras de vida eterna”.  Después de la resurrección el Espíritu Santo les dio claridad sobre lo que “no entendían” y fuerza para anunciarlo por el ancho mundo.

Su predicación ha llegado hasta nosotras/os,  que también seguimos a Jesús. Conocemos su vida, su enseñanza, su pasión por el Reino como realización del Proyecto del Padre, su sencillez  y trato cercano  con la gente, su preferencia por los enfermos, marginados, pecadores… Conocemos las condiciones que ponía a los que querían seguirle y compartir su misión… Revisemos nuestras actitudes: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”  (Mc. 9,35) Miremos a nuestro interior  y revisemos nuestras convicciones profundas: “Tú tienes palabras de vida eterna”. (Jn.6,68).  Conscientes de nuestra fragilidad y nuestros fallos  acudamos al mismo Espíritu que fortaleció a los primeros…  Siguiendo a Jesús hagamos posible la construcción de la única familia humana, la fraternidad universal, la llegada del Reino. Recemos con el Canto “Libertador de Nazaret”, de Carmelo Erdozáin:

“Yo sé que eres camino, que eres la vida y la verdad;

                             yo sé que el que te sigue sabe a dónde va…”

 

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