Somos de Dios

martes, febrero 20th, 2018

Somos de Dios, en nosotros resplandece su gloria, ahí radica la plenitud de lo humano.

2º Domingo de Cuaresma, Ciclo B                                                     

Por: M. Ángeles del Real Francia. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Génesis 22:1-2, 9-13, 15-18

…y dijo: «Por mí mismo juro, oráculo de Yahveh, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único

…Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz»…

Qué bueno es obedecer la voz de Dios, estemos atentos, su palabra no es de condena, su palabra es bendición por siempre, su palabra es de vida. La vida está en ver que nuestro centro es Dios, no quedarnos en nosotros mismos, no pretender quedarnos en lo que nos carga, en lo que creemos que es nuestro, sino en entregarlo y así dejar a Dios ser Dios en nosotros.

Romanos 8:31-34
Ante esto ¿qué diremos? Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros?

No nos confundamos, no tengamos miedo, si Dios está por nosotros de nuestra parte, nadie ni nada tiene poder sobre nosotros, sus hijos e hijas.

Mc 9,2-10

…Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle.»…

Jesús sube al monte, lugar de oración, de encuentro personal con el Padre-Madre, le acompañan tres discípulos. Jesús siente necesidad de beber de la fuente, de dejarse empapar de la presencia de Dios. No puede continuar el camino, sin esos encuentros.

Imagino a Jesús, orando y compartiendo, con los tres amigos, de cómo es el Dios de Israel, a quien reconoce como Padre-Madre, porque ha experimentado como nunca nadie lo ha hecho, el gran amor con el que Dios ama a cada una de sus criaturas, ha contemplado su rostro actuando en la historia de Israel. Jesús les habla de Elías, el profeta que confió en el Señor y reconoce que solo uno es el Dios verdadero, les habla de Moisés a través de quien Dios libera a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Pero ni Elías ni Moisés, ni la Ley ni los Profetas, tienen la última palabra. La plena manifestación de Dios es Jesús, en Jesús Dios nos dice su palabra definitiva. Aunque los discípulos no comprenden y tienen miedo, por eso Pedro quiere hacer tres tiendas, quedarse en lo seguro, qué era eso de morir, qué significaba eso de resucitar al tercer día.

Jesús está íntimamente unido al Padre, es uno con Él, su plenitud humana es la unión con el Padre. Sus amigos aún  no comprenden. Le han oído decir que Él es el “Hijo de lo humano”, sin comprender. Ahora cuando se manifiesta lo que es, cuando les deja ver la Gloria de Dios, siguen sin comprender.  Aún oyendo la voz del cielo: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”, no comprenden. Permanecen en una comprensión dualista, separan lo humano de lo divino, como si lo humano fuera ajeno, no tuviera que ver nada con Dios, aún viven en sí mismos. Dios sigue siendo algo extraño o que dirige, en todo caso, la vida de los hombres desde fuera. No han comprendido la encarnación no comprenden que la plenitud humana es la gloria de Dios, que se ha hecho uno de nosotros, Hijo de lo humano, y así ha conseguido para nosotros ser hijos de Dios. En Jesús se cumple definitivamente ese designio de Dios. El Padre nos revela quién es Jesús, “mi Hijo amado” y nos revela qué hemos de hacer, “escuchadle”.

No comprender que Dios ha tomado nuestra naturaleza, es no comprender que  solo es posible permanecer en Dios a través de lo humano, a través de todo cuanto conlleva lo humano, Jesús nos lo muestra,“he venido a sanar los corazones rotos a proclamar un año de gracia”, por eso solo acogiendo, sanando, bendiciendo, perdonando, y dejándose hacer, puede reconocerse la presencia de Dios, que siendo Dios se despojó de sí mismo, para traernos la salvación, para dar sentido a nuestra existencia. No somos seres desfondados, tenemos en Dios nuestra esperanza, nuestro ser se sustenta en Dios, en Él se nos revela lo que realmente somos. Su Gloria resplandece en nosotros, como en Jesús.

Oremos y sigamos a Jesús en el Tabor y en la bajada del monte, en la muerte y en la resurrección, escuchémosle. Él nos dice quiénes somos, qué hemos de hacer, cómo hemos de vivir. Oigamos la voz del cielo diciéndonos, “eres mi hijo/a amado/a”.

 

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