Somos vida de su misma Vida

lunes, abril 10th, 2017

Viernes Santo

Por: Teodoro Nieto. Burgos

El Viernes Santo, Jesús se nos revela como el Siervo que “nos sana con sus heridas” (Is. 53, 5), como canta el profeta Isaías, y comparte nuestra suerte y nuestra muerte, reclinando en la cruz su cabeza y entregándonos su Espíritu (Jn 19, 30).

Pero la suya no es la muerte desesperada de un crucificado de tantos, como pudieron contemplar los indiferentes espectadores del Gólgota. La muerte de Jesús no interrumpe el flujo de la vida. El gesto espontáneo de reclinar la cabeza indica que él entrega su vida libre y voluntariamente: “Yo doy mi vida para recuperarla de nuevo. Nadie tiene poder para quitármela; soy yo quien la da por mi propia voluntad. Yo tengo poder para darla y recuperarla de nuevo” (Jn 10, 18). Y Jesús no expira sin antes comunicarnos  su propio aliento, su  Espíritu vivificante.

Según el Evangelio de Juan, del costado de Jesús, abierto con una lanza, “salió inmediatamente sangre y agua”. La sangre era para los judíos la sede de la vida. Y el agua que brota es símbolo del manantial inagotable del Espíritu que apaga la sed y alivia el cansancio, como él mismo  lo había anunciado: “Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba… De lo más profundo de quien cree en mí brotarán ríos de agua viva. Y esto lo decía refiriéndose al Espíritu que recibirían quienes creyeran en él” (Jn 7, 37-38).

La muerte de Jesús, que  el cuarto Evangelio contempla como vida triunfante y victoriosa, da al traste con nuestra errónea, estrecha y tétrica visión de la muerte. Hasta los pueblos  así llamados “primitivos” no veían la muerte como punto final de la vida, sino como vida sin ocaso.  Y Jesús, más que en la muerte, insiste mucho más en la Vida que Él es y que Él nos  da en abundancia (Jn 10, 10). Si el sarmiento es vida como la vid misma, también nosotros somos vida de su misma vida. Y esta vida no puede morir jamás.

Jesús nos invita este Viernes Santo a mirar de frente la muerte; a decirle sin tabúes ni miedos paralizantes. Porque la muerte no es sino una forma diferente en que se expresa el Misterio que nos constituye. Sólo muere la forma efímera que tenemos, pero no la vida que somos.

El Sufismo, la corriente mística del Islam, nos dice que mientras vivimos en esta tierra estamos dormidos, pero solo cuando morimos despertamos.

 

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