¿Una viña más competitiva?

¿Una viña más competitiva?

Domingo 5º de Pascua

Por: José Luis Terol. Profesor. Zaragoza 

Aparentemente, y por desgracia, el estilo de vida de nuestras sociedades occidentales y “cristianas”, parece más gobernado por los valores del capitalismo y de su escalada inacabable de beneficio y producción, que por los valores del cristianismo y de la propuesta de Jesús.

En casi todos los ámbitos de nuestra convivencia parece naturalizada la urgencia por ser más competitivos, por ganar a otros, por no perder la carrera, por estar en primera línea y por poder mantener la caldera insaciable de una economía cuyo combustible principal es el sufrimiento y la explotación de las personas.

Estamos aceptando con una credulidad pasmosa un supuesto “principio de realidad” por el que parecen inevitables todas las víctimas que el altar del beneficio, de la productividad y del consumo necesitan: tantas trabajadoras precarizadas o en el mejor de los casos semiesclavizadas; las personas vulnerables y dependientes a las que no podemos cuidar; las personas que se han visto forzadas a emigrar; las que solicitan refugio; tantas personas desechadas antes de tiempo del mercado laboral…

¿Cuál es el horizonte de esta competitividad tramposa que nos está deshumanizando y convirtiendo en cómplices y víctimas a la vez? ¿Es compatible esta endiosada competitividad con la propuesta de Jesús o con los valores del Evangelio?

En la lectura del libro de los Hechos se nos narra la “desconfianza” que suscitaba el recientemente converso Pablo, a la vez que se habla de una dinámica de confrontación y valentía, así como de la paz que gozaba la Iglesia en Judea, Galilea y Samaria. ¿Pueden nuestras comunidades estar en paz o no generar contradicción y conflicto, en entornos entregados a la idolatría de la competitividad y del beneficio a toda costa?

En la 1ª Carta de Juan una vez más se nos insta a que “no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras” porque toda la propuesta que el apóstol nos traslada es tan “sencilla” como “creer en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros”.

Según esto, y contra la propuesta económica y cultural dominante ¿en qué debemos ser competentes y competitivos los cristianos?

 Dice el evangelista Juan que debemos ser competentes en permanecer vinculados y enraizados en Jesús, porque sólo así podemos dar fruto y no ser arrancados y echados a la hoguera. Los sarmientos unidos a la cepa que es Jesús, producen los frutos que brotan de este enraizamiento: misericordia, compasión, confianza, atención y acogida a los últimos, perdón…

Hagámonos, entonces, “competentes y competitivos”, por la gracia de nuestro enraizamiento, en estos frutos para confrontar y no alimentar el estilo de vida deshumanizador que, por momentos parece arrastrarnos y envolvernos a todos.

 

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