La santidad nos aguarda

Todos los Santos, Ciclo C .2013

Por: José Antonio Ruiz Cañamares SJ.  Madrid.

San Ignacio aconseja al que hace los Ejercicios Espirituales que cuando se dirige al lugar de oración se pregunte “adónde va y a qué”. Quizá las prisas de la vida nos empujen en ocasiones a ser personas que hacemos muchas cosas, pero sin saber muy bien adónde vamos y a qué. Para que nuestra vida tenga pleno sentido necesitamos saber de dónde venimos, para qué estamos en este mundo, y adónde vamos.

Toda religión, si pretende ser seria, tiene que ofrecer sentido integral a la realidad compleja que es el ser humano y a cómo vivir la vida. La primera carta de Juan (3,1-3) nos da nuestra identidad (somos hijos e hijas) y nuestro último destino: cuando veamos a Dios seremos semejantes a Él. ¿Cómo poder llegar con pleno sentido, en el día a día, a esta meta tan cargada de esperanza? Dicho de otra manera ¿Cómo vivir en plenitud la vida como personas de fe que somos?

Hoy celebramos que en nuestra familia, que es la Iglesia, a lo largo de su historia ha habido muchas mujeres y varones que han encontrado desde su fe en el Dios de Jesús sentido pleno a sus vidas. Han sido dichosos porque se creyeron y vivieron como gracia el mensaje de Jesús en las bienaventuranzas. Agradecemos la vida de estos hermanos y hermanas nuestras.

El Concilio Vaticano II nos dijo que la vocación a la santidad no está reservada sólo para las personas consagradas, sino que es la vocación de todo bautizado. ¿Le pedimos a Dios en nuestra oración ser santos y santas? Me temo que poco. Quizá vengan a nuestra mente algunas iconografías de santos que tienen cara angelical, o demacrada, mirando casi siempre al cielo y poco a la tierra, con los que no nos sentimos identificados.

Sin embargo, cuando uno se asoma a la vida de estas personas encuentra en los santos, hombres y mujeres, recios en la fe, frágiles y pecadores, pero que se tomaron el evangelio en serio y entendieron y acogieron con mucha plenitud el mensaje de Jesús. Personas no exentas de sufrimiento, de incomprensiones, etc., que se tomaron a Dios  y al mundo en serio. Y descubrimos en ellos una alegría que nadie les pudo quitar. Descentrados de sí y centrados en Dios y su Reino. A estos, a los anónimos, a los que no figuran en el santoral, a estos hombres y mujeres es a los que hoy celebramos.

Que el Espíritu de Dios nos ayude a ir acercándonos a nuestra vocación: la santidad. Mujeres y hombres que viven las bienaventuranzas y que se toman a Dios y al mundo con seriedad y compromiso. Esto es gracia, no voluntarismo, por eso lo pedimos.

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