¡Ojalá todo el Pueblo de Dios fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!

¡Ojalá todo el Pueblo de Dios fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!

27º Domingo del T.O. Ciclo B

Por: Carmen García. Vita et Pax. Pamplona.

Existe un paralelismo entre la primera lectura y la tercera. Al inicio del Evangelio vemos cómo Juan le dice a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir”. La respuesta de Jesús es clara y no ofrece dudas: “No se lo impidáis el que no está en contra de nosotros está con nosotros”. 

Igualmente en la primera lectura, Josué, al ver a Edad y Medad profetizando en el campamento, quiere impedírselo y para ello recurre a Moisés, máxima autoridad, diciéndole: “Señor mío, Moisés, prohíbeselo”. Moisés dice a Josué: “Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor”. 

Es curioso que los dos jóvenes: Josué ayudante de Moisés y Juan discípulo de Jesús, quieran impedir a Moisés y al propio Jesús realizar la misión a la que estaban llamados. Quizá su juventud e inexperiencia les llevara a esas actitudes de discriminación, o quizá era el propio deseo de proteger a sus maestros. No entendían que los dos tenían una Misión dada por Dios y, a la que debían ser fieles.

También a los que estamos dentro del “campamento”, dentro de la Iglesia, a veces, nos resulta difícil aceptar que haya personas aparentemente fuera de la Iglesia, a las que Dios también les impulsa a hacer el bien, a cambiar las estructuras de desigualdad, de pobreza y de pecado por otras más humanas, solidaras  y fraternas. Como Jesús y Moisés, los cristianos estamos llamados a acoger a personas que  no son de los “nuestros”, están fuera del campamento, alejados de la Iglesia.

No es bueno hacer el bien esperando una recompensa, sin embargo, Jesús dice: “El que os  dé  a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no quedará sin recompensa”.  Es la gratuidad la que nos da la recompensa.

La segunda lectura, como sucede a veces, no tiene una relación clara con las lecturas anteriores. Esto no quiere decir que sea de menor importancia, ni que no tenga aplicaciones para nuestra vida. La Palabra de Dios siempre tiene aplicaciones e ilumina nuestra mente y corazón hacia nuevos compromisos.

Santiago nos habla de realidades que nos cuestionan: riquezas mal adquiridas, jornales que defraudan a los obreros, segadores que soportan el calor del día y no reciben el salario justo, etc. etc. Todo ello clama al Señor. El juicio de Dios ante la falta de justicia, de avaricia a costa de defraudar a los jornaleros, tiene unas consecuencias: Dios mismo, será su defensor y su justicia y, pondrá en evidencia a los injustos.

El mensaje de esta carta es tan actual como en el tiempo en que fue escrita. Nos golpea fuertemente a los cristianos de este siglo. Nos dice verdades que no nos gusta escuchar porque “altera” la tranquilidad de nuestra conciencia. Escucharlas con un corazón abierto, acogedor, nos ayudará a ser verdaderos seguidores y seguidoras de Jesús.

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