Va a llegar el Señor dispuesto a
“Tomar en brazos los Corderos y hacer recostar a las Madres”
Domingo II Adviento
Por: Dionilo Sánchez Lucas. Laico. Ciudad Real

Va a llegar el Señor dispuesto a
“Tomar en brazos los Corderos y hacer recostar a las Madres”
Domingo II Adviento
Por: Dionilo Sánchez Lucas. Laico. Ciudad Real

 

Textos Litúrgicos:
Is 40, 1-5.9-11
Sal 84
2Pe 3,8-14
Mc 1,1-8

Is. 40.1“Consolad, consolad a mi pueblo”, este es el mensaje primero que nos quiere hacer llegar nuestro Dios”. A pesar de nuestros pecados, nuestras culpas, nuestro ensimismarnos y egoísmo, nuestras tentaciones, nuestros olvidos, nuestra poca disponibilidad para el otro, nuestros deseos de riqueza, nuestra alteridad y soberbia, nuestra impaciencia y falta de comprensión con los otros, nuestro desprecio y a veces ira, nuestra tranquilidad por miedo a no cambiar nada.

Dios, nuestro creador y padre, está dispuesto a aplacar su ira, a contener su desesperación, a perdonar nuestras debilidades, a ser comprensivo y misericordioso con nosotros, a dar plenitud a nuestra felicidad y a la vida, a mostrarnos todo su amor y su salvación.

Mientras tanto, como nos recuerda la lectura de Pedro, 3,8: “Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día”, nos preguntaremos, como ha comenzado y continua nuestro evangelio, cómo preparo el camino del Señor, para que a Él le sea más fácil llegar a aquellos que están más alejados; a aquellos que con la frondosidad del bosque no saben que existe un camino; a aquellos que permanecen ciegos por la fiebre del consumo, por los deseos de poder, por atesorar riquezas; a aquellos que la vida los ha maltratado por la explotación y la injusticia.

Primero tengo que pensar cómo me preparo yo para continuar el camino que está en mi horizonte, cómo me voy convirtiendo de mis debilidades, de mi egoísmo, de mis imposiciones, de mis miedos, de mi impaciencia; cómo reflexiono y hago oración; cómo me voy transformando y cambio mis estilos de vida, cómo me voy convirtiendo; cómo crece en mí la humildad, el sacrificio y la entrega; cómo practico la paz y doy plenitud al amor; cómo Jesús es el centro de mi vida y cómo mi vida muestra el camino de Jesús.

Pero esa necesidad de encontrarme con Jesús me debe llevar a buscarlo. Él, salvo para orar, le gustaba estar entre la gente, por eso tenemos que ir a buscarlo al lado de quienes sufren por la injusticia, de los que tienen hambre y no tienen trabajo para su sustento, del inmigrante que se ha visto obligado a salir de su tierra, de los abatidos por la enfermedad y la soledad, de los jóvenes que viven en ambientes difíciles, de las mujeres y niños violentados. Para estar al lado de Jesús, tenemos que ir a vivir a su lado, aunque tengamos que salir de nuestro entorno tranquilo y de supuesta paz.

Conscientes de que lo importante no somos nosotros, que no somos dignos de desatar sus sandalias, que la salvación está cerca de los que lo siguen. Confiados en que el Señor nos regalará la lluvia y la tierra nos dará la cosecha. Esperanzados en un cielo nuevo y una tierra nueva donde habiten la justicia y la paz.

Va a llegar el Señor dispuesto a “tomar en brazos los corderos y hacer recostar a las madres” Is 40,11, nos quiere limpios e irreprochables, en paz con nuestros hermanos y con Dios, felices y alegres, para dar plenitud al Reino de Dios.

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